domingo, 18 de mayo de 2014

El seductor seducido



No tengo elección. Soy un esclavo por mi amor a la mujer, gozosamente obligado. ¡Sólo mira el arabesco de luces que rodea e ilumina a las mujeres de todas las épocas! ¿Cómo no sentirse sempiternamente subyugado ante tal resplandor? ¿Soy yo el seductor? ¿O soy quizá el seducido? ¿Es acaso posible lanzar algún conjuro cuando uno mismo se halla hechizado?

De una cosa estoy convencido: uno nunca puede ser un seductor de mujeres si no ha sido antes seducido ya irremediablemente por ellas. Para seducir, uno debe permitirse saberse de continuo bajo el influjo de los encantos de la mujer. ¡Ser seducido, atrapado! ¡Esa es la emoción de la vida, de vivir! Y no me hallo sólo en mi desamparada fascinación. Desde Casanova: “Yo no conquisto, sucumbo”. Hasta Camus: “No seduzco, sino que me entrego”. Más que el seductor, soy el seductor seducido.

No disfrazo mis intenciones, alardeo orgullosamente de ellas. Soy un esclavo de mi amor por las mujeres. Y ellas lo notan. El punto débil de las mujeres son las palabras. Afortunadamente, las palabras son uno de mis puntos fuertes. Nunca me excuso ni pido perdón por ser un mujeriego. ¿Por qué? Porque la reputación es muy importante para una mujer. Lo digo en serio. Yo soy el otro hombre, el amante, el pirata gitano, el hombre por el que se preocupan los que se casan con una mujer.

Por lo general, cuando un grupo de hombres se topa con una camarera de una belleza devastadora, se limitan a mirarle el culo cuando ella está de espaldas y hablar de ella cuando no puede oírlos. Pero cuando la camarera se acerca a la mesa para atenderlos, se comportan con exquisita educación y cortesía, como si no se sintieran atraídos por ella.

Cuando ésta se acerca y nos pregunta qué queremos beber, vuelvo la cabeza hacia ella, recorro su cuerpo con la mirada, lo suficientemente despacio como para que ella lo note y me doy la vuelta completamente hasta quedar frente a ella. Sonrío ampliamente y le guiño un ojo; el juego ha empezado.

Ella: –¿Qué vas a tomar?

Zan: –Hola. No te había visto antes. ¿Cómo te llamas?

Ella: –Stephanie. ¿Y tú?

Zan: –Yo me llamo Zan. Y tomaré un “gin-tonic”.

Al intercambiar nombres, ella me ha concedido el derecho implícito para tratarla con mayor familiaridad. Así que cuando ella vuelve con las bebidas, vuelvo a sonreír y a guiñarle un ojo.

Zan: –¡Has vuelto! Parece que te caemos bien. ¿Qué te apuestas a que no tardas en volver? Lo veo en tus ojos.

Ella: –Tienes razón. Sois irresistibles. ¿Te traigo algo más?

Zan: –¿Sabes que eres irresistible? Sí, te llamaré un día de estos.

Es un intercambio aparentemente absurdo, pues ella nunca me daría su número delante de mis amigos. Ninguna chica normalmente lo haría. Pero su número no es mi objetivo. Ahora, entre la camarera y yo existe cierta complicidad. Una familiaridad para la que normalmente hacen falta varios encuentros. Desde el principio la he tratado como si nos conociésemos desde hace tiempo. Cuando vuelva allí, ella se acordará de mí. Y me acercaré a ella. Sin que sepa muy bien del todo quizá si estoy intentando ligar con ella o si sólo estoy bromeando.

Zan: –¡Stephanie, cariño! Oye, perdóname por no haberte contestado tu llamada anoche. Ya sabes, a veces soy un hombre tan ocupado…


Zan Perrion

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