Alabaster Girl: –Has sido descrito por los medios como “el mayor seductor del mundo”.
Zan Perrion: –Es cierto.
Alabaster Girl: –¿Es verdad que eres el mayor seductor del mundo?
Zan Perrion: –No, lo que es cierto es que se me ha llamado así. Yo no tengo una percepción sobre mí mismo. Se resbalaron a través de mis dedos a lo largo del camino.
Alabaster Girl: –¿Entonces, cómo podrías seducirme?
Zan Perrion: –Bueno… Podría contarte acerca de mi realidad, pero, para conquistarte, te contaré la verdad sobre ti.
Alabaster Girl: –¿Podrías así seducir a cualquier mujer?
Zan Perrion: –Mi creencia de que puedo conquistar a cualquier mujer no está relacionada con mi capacidad real para seducir a cualquier mujer.
Alabaster Girl: –¡Ah! ¿Pero por qué no pecar de optimismo? ¿Por qué no optar por creerlo? Es tan válido como cualquier otra creencia o presunción asumida, ¿no es así?
Zan Perrion: –¿Qué cambia que sea o no cierto? Lo importante es la lucidez para iluminarla, a la mujer. Escucha. Entro en el ascensor. Delante de mí dos resplandecientes bellezas, vistiendo sendos elegantes conjuntos de noche, lápiz labial rojo y peinado claramente profesional. Les sonrío, me la devuelven. Digo “¡Absolutamente encantadoras! ¿A qué se debe, me pregunto, la ocasión?”. Me responden “Vamos a reunirnos con nuestros maridos abajo para un evento que requiere de etiqueta”. El ascensor comienza a descender y les guiño un ojo a estos dos ángeles, “¿Sabéis qué, chicas? ¿Por qué no llamáis a vuestros maridos y les explicáis que no os sentís bien? Escabullíos y venid de fiesta conmigo”. ¡Más profundamente alegres se las ve ahora! Sus ojos brillan. El ascensor para y salen, entre sonrisas. ¿Trataba de ligarlas? Por supuesto que no. Ellas comprendieron perfectamente el espíritu de lo que hice. Supieron que simplemente soy un hombre capaz de reconocer la belleza en ellas y, por saber verlas, eso, inmediatamente, las convierte, las vuelve, más hermosas aún. Es eso lo que tanto amo. Este es el regalo de la vida que las mujeres me otorgan y que yo les devuelvo. Un intercambio perfecto. Las hago, constantemente, sentirse deseadas y ellas, a cambio, me hacen sentir inspirado, feliz, independientemente de cualquier resultado final. La complicidad, el encuentro, es lo único que importa. Ese momento lo fue todo. Esto es algo que muchos hombres no entenderán. Las mujeres, en cambio, pueden leerme, a través de mí, el alma misma.
Zan Perrion

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